Mi primer parto

11 de Febrero del 2015 a las 20:00 ingreso en la Clínica para someterme a un parto inducido.

Motivo: hartura pura y dura. Todo empieza el día que cumplo las 40 semanas y sin un ápice de dignidad suplico que me programen el parto. El bebote ni se inmuta en los monitores, se avecina un macho de tamaño considerable y yo tengo demasiado miedo a ponerme de parto sola y que el páter de tanto trabajo no se entere de mi llamada de socorro. Todo esto no es infundado puesto que días antes había estado poniendo a prueba al padre de la criatura y la asignatura había sido aprobada justita justita, así dándole emoción al tema.

Puestos en antecedentes, prosigamos. Ingreso por la noche y ya me colocan la vía y me introducen la prostaglandina en formato tampón (para que nos entendamos). Esto servirá para reblandecer el cuello del útero y empezar con la dilatación.

Yo lo único que sé es que esa noche dormí como un lirón, en mi habitación que parecía un hotel y la mar de tranquila.

12 de Febrero a las 9:00 de la mañana me bajan a la habitación donde iba a dar a luz. Allí me monitorizan y me hacen un tacto y como todo sigue muy verde deciden romperme la bolsa. En el mismo momento que me empiezan a resbalar las aguas por las piernas empiezan las contracciones.

Son contracciones muy suaves, estoy con la risita nerviosa y me pienso que si eso va a ser así de poco intenso, aunque sea largo es muy soportable. ¡AY, QUÉ ILUSA!

A las 10:00 deciden empezar con la oxcitocina y me van subiendo la dosis de vez en cuando para que se vaya intensificando el asunto.

Estaba monitorizada por lo que tenía poco margen de movimiento pero a medida que iban siendo más dolorosas las contracciones también iban siendo más intensas mis ganas de ir al baño. Estaba literalmente obsesionada con el tema, no paraba de pedir que me soltaran para ir al servicio, me sentaba como podía entre contracción y contracción y allí me desesperaba porqué no salía nada y yo me frustraba como la que más.

Entre viaje y viaje de la camilla al baño nos plantamos en las 13:00 horas.

Las contracciones eran cortitas pero muy intensas y muy muy seguidas.

Me proponen ponerme la epidural y yo me sorprendo porqué tenía entendido que hasta los 6 centímetros no te la ponían. Me aseguran que no hay ninguna contraindicación en que me la ponga ya y me informan que van a volver a subir la dosis de oxcitocina porqué llevo 3 horas y poco más de 3 cm, y eso significa que el dolor va aumentar. Ni me lo pienso, y me pongo la epidural.

Recuerdo que la anestesista era muy directa pero muy dulce. Me informa que tiene que proceder a inyectarme la epidural durante una contracción y que tengo que mantenerme sentada en el borde de la camilla, con el tronco doblado hacia delante y que tengo que estar muy quieta. Justo en ese momento me viene una contracción y me insisten en que tengo que firmar el consentimiento, tengo tanto dolor que no atino con el bolígrafo y aunque me estoy muriendo me dicen que si no firmo no pinchan, hago un garabato como puedo, me pongo en posición y recuerdo aguantar la respiración y quedarme quieta como una piedra. ¡PRUEBA SUPERADA! Era de las cosas que más miedo me daban y fue superado con éxito.

Me dicen que el efecto puede tardar entre 10-20 minutos pero en mi caso es inmediato. Yo no sé lo que se siente cuando vas al más allá y dejas de padecer pero creo que esa sensación es muy parecida a lo que viví.

A partir de ese momento, me entero de las contracciones porqué me lo chiva el monitor. Yo me dedico a whatsappear y mirar Hombres y Mujeres y Viceversa.

Van pasando las horas y entre tacto y tacto voy dilatando, poquito a poquito.

A las 16:00 mi matrona (un ángel caído del cielo) me dice que el bebé está muy arriba, que si viene el ginecólogo y ve esta situación lo más probable es que decida hacer una cesárea por lo que me aconseja empezar a hacer pujos para intentar bajarlo poco a poco.

Fueron un par de horas muy intensas, no notaba dolor pero sí que estaba muy agotada.

Cada vez que tenía una contracción pujaba y pujaba y pujaba con todas mis fuerzas. Recuerdo que cada vez que yo pujaba el bebé me pateaba las costillas con toda la mala leche del mundo por lo que yo me quedaba casi sin respiración.

A las 17:30 llega mi gine y ya está todo el trabajo hecho prácticamente así que apreto un poco más y el páter me informa que ya ve la cabeza.

Tengo que hacer aquí una mención especial al padre de la criatura. Madre de Dios, qué entusiasmo, qué profesionalidad y menuda cheerleader! Me animó muchísimo, me tranquilizó, me apoyó, sufrió por no poder ponerse en mi lugar y librarme por un ratito de tanto esfuerzo y dolor, fue de chapeau. Las enfermeras alucinaban porqué parecía que había asistido a tropocientos partos.

¿Por dónde íbamos? Ah sí, la cabeza. El niño ya está asomando y parece que por mucho que empujaba, era tan grandote que no le pasaban los hombros, yo en ese momento no me entero, pero J me cuenta que notó como la gine lo pasaba realmente mal para sacarlo e incluso él (la parsimonia en persona) en ese momento se empieza a poner nervioso. Finalmente, la gine optó por hacer cortecillo y así poder liberar a Willy  .

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El niño sale y antes de que me lo pongan oigo que el páter dice: “Es negro” y ¿sabéis qué? Miro a J con su tez blanca, casi tanto como la mía, y me digo para mis adentros que me da igual, que ese bebé es mío, que no hay explicación alguna para que sea negro pero que ya buscaremos una razón para eso más tarde.

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Me lo pusieron encima y se paró el tiempo.

Leo – 3’940 kgr – 52 cm – blanco

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